miércoles, 9 de mayo de 2012

Alexandros. Más allá del militar


La figura de Alejandro Magno es, sin duda, una de las figuras de la historia que más controversias ha suscitado a lo largo del tiempo. El niño que quería reinar, el rey que quería ser un dios, son muchos los adjetivos que se le pueden atribuir al personaje, pero muy pocos que le puedan calificar correctamente.
                                     
En la Antigüedad el derecho a gobernar venía dado por la sangre, ser “hijo de” marcaba el futuro de las personas. En el caso de Alejandro, ser hijo del rey Filipo II de Macedonia le predestinaba una vida de lujos, gobernando un país, decidiendo el futuro de un territorio al norte de Grecia, rodeado de tribus bárbaras que vivían en las montañas. Recogiendo parte de las fuentes de la historia que tanto han hablado sobre la figura del monarca, se menciona a un hombre vanidoso, que peca de soberbia por ir tras un imperio de una extensión jamás conocida. La pretensión de conquistar el Imperio Persa y unir así un imperio a lo largo de todo el mundo conocido hacían ver el carácter fuerte y ambicioso del conquistador macedonio. Desde otro punto de vista, se trataba de un personaje con un carácter que ambicionaba el descubrimiento y el conocimiento.

A partir de las palabras de Carl Grimberg:
“Como soberano persa (Alejandro) tenía que atender y solucionar la mayoría de los asuntos del país; de lo contrario le hubieran considerado como extranjero y usurpador y no hubiera podido mantener su poder en tan inmenso imperio, sólo guarnecido por un puñado de macedonios, por mucho que fuera su valor en el campo de batalla. Con todo, tanto griegos como macedonios opinaban que Alejandro iba demasiado lejos en la adopción de costumbres orientales y la oposición entre ambos conceptos, occidental y oriental, provocó dramas políticos.”
Hay una característica a tener en cuenta del personaje de Alejandro: llevó a cabo una labor de unión entre culturas jamás contemplada en la historia, realizó exploraciones científicas por todos los territorios por los que pasaba la expedición del ejército, además de la construcción de centros culturales como la ciudad de Alejandría, donde se albergaba la gran Biblioteca. Como queda patente en la cita anterior, el macedonio adopto de forma unánime las culturas de su nuevo imperio, introduciendo una diversidad intelectual nunca vista hasta entonces y tampoco después.

Por ello, se debe valorar la figura del monarca no como un personaje sediento de poder, que ambicionaba el control de todo el territorio conocido; si no, como un personaje que fue precursor del conocimiento, de las artes y las ciencias. Durante el tiempo que duró la expedición a través de Persia, se pudieron descubrir miles de especies tanto de animales como de plantas, y estudiar las diferentes culturas que poblaban las regiones de Asia.
Por último, se debe recordar la empresa política que llevo a cabo en su conquista. Si se observa las relaciones que realizó en su conquista, se puede hablar de una política internacional como la actual. Llevó a cabo una extensa red de uniones con los jefes de las tribus de las regiones más importantes del territorio por medio de los matrimonios con sus generales, e incluso de él mismo; y al margen de las relaciones matrimoniales, los acuerdos y comercios entre las diferentes regiones del Imperio dieron a éste una magnitud y un esplendor que supo controlar y gobernar hasta el final de su vida.

Al descubrir la vida y la mente del rey macedonio, se debe observar que, a pesar de estar hablando de un personaje del s. IV a.C. se trataba de un monarca con grandes rasgos de un político actual. Realizó inversiones en la educación sin discriminación de raza o clase social y llevó a cabo estudios en la fauna y la flora que mejoró los conocimientos de las ciencias, por lo que se puede concluir que Alejandro fue un inversor en I+D de la Antigüedad.


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