La figura de Alejandro Magno es, sin duda, una de las figuras de la
historia que más controversias ha suscitado a lo largo del tiempo. El niño que
quería reinar, el rey que quería ser un dios, son muchos los adjetivos que se
le pueden atribuir al personaje, pero muy pocos que le puedan calificar
correctamente.
En la Antigüedad el derecho a gobernar venía dado por la sangre, ser
“hijo de” marcaba el futuro de las personas. En el caso de Alejandro, ser hijo
del rey Filipo II de Macedonia le predestinaba una vida de lujos, gobernando un
país, decidiendo el futuro de un territorio al norte de Grecia, rodeado de
tribus bárbaras que vivían en las montañas. Recogiendo parte de las fuentes de
la historia que tanto han hablado sobre la figura del monarca, se menciona a un
hombre vanidoso, que peca de soberbia por ir tras un imperio de una extensión
jamás conocida. La pretensión de conquistar el Imperio Persa y unir así un
imperio a lo largo de todo el mundo conocido hacían ver el carácter fuerte y
ambicioso del conquistador macedonio. Desde otro punto de vista, se trataba de
un personaje con un carácter que ambicionaba el descubrimiento y el
conocimiento.
A partir de
las palabras de Carl Grimberg:
“Como soberano persa (Alejandro) tenía que
atender y solucionar la mayoría de los asuntos del país; de lo contrario le
hubieran considerado como extranjero y usurpador y no hubiera podido mantener
su poder en tan inmenso imperio, sólo guarnecido por un puñado de macedonios,
por mucho que fuera su valor en el campo de batalla. Con todo, tanto griegos
como macedonios opinaban que Alejandro iba demasiado lejos en la adopción de
costumbres orientales y la oposición entre ambos conceptos, occidental y
oriental, provocó dramas políticos.”
Hay una
característica a tener en cuenta del personaje de Alejandro: llevó a cabo una
labor de unión entre culturas jamás contemplada en la historia, realizó
exploraciones científicas por todos los territorios por los que pasaba la
expedición del ejército, además de la construcción de centros culturales como
la ciudad de Alejandría, donde se albergaba la gran Biblioteca. Como queda
patente en la cita anterior, el macedonio adopto de forma unánime las culturas
de su nuevo imperio, introduciendo una diversidad intelectual nunca vista hasta
entonces y tampoco después.
Por ello, se debe valorar la figura del monarca no como un personaje
sediento de poder, que ambicionaba el control de todo el territorio conocido;
si no, como un personaje que fue precursor del conocimiento, de las artes y las
ciencias. Durante el tiempo que duró la expedición a través de Persia, se
pudieron descubrir miles de especies tanto de animales como de plantas, y
estudiar las diferentes culturas que poblaban las regiones de Asia.
Por último, se debe recordar la empresa política que llevo a cabo en
su conquista. Si se observa las relaciones que realizó en su conquista, se
puede hablar de una política internacional como la actual. Llevó a cabo una
extensa red de uniones con los jefes de las tribus de las regiones más
importantes del territorio por medio de los matrimonios con sus generales, e
incluso de él mismo; y al margen de las relaciones matrimoniales, los acuerdos
y comercios entre las diferentes regiones del Imperio dieron a éste una magnitud
y un esplendor que supo controlar y gobernar hasta el final de su vida.
Al descubrir la vida y la mente del rey macedonio, se debe observar
que, a pesar de estar hablando de un personaje del s. IV a.C. se trataba de un
monarca con grandes rasgos de un político actual. Realizó inversiones en la
educación sin discriminación de raza o clase social y llevó a cabo estudios en
la fauna y la flora que mejoró los conocimientos de las ciencias, por lo que se
puede concluir que Alejandro fue un inversor en I+D de la Antigüedad.